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“El mismo empeño que uno le pone al estudio y a los deportes hay que ponérselo al alma, al espíritu. Si uno gasta tiempo en ejercitar la mente y el cuerpo, ¿qué pasa con el espíritu?”, recalcó.

 

El Rugby y el fútbol eran su pasión. Formaba parte de la selección del colegio, lo que le consumía gran parte de su tiempo. Era un excelente alumno, uno de los mejores de su clase. Le gustaba salir con sus compañeros, ir a fiestas y pasarlo bien, como cualquier joven a los 16 años.  Samuel Arancibia Lomberger era una persona muy completa, tanto así, que al salir del colegio fue destacado con la máxima distinción que un alumno puede recibir del Santiago College: el Finer Humankind Award. Además, recibió el Sportmanship Award, que se le otorga al estudiante que encarna el espíritu deportivo en su más amplio sentido. Lo que él más quería era ser médico, para aportar al país y a la sociedad. Definitivamente, ser cura no estaba en sus planes.

 

Venía de una familia católica común y corriente, que iba a misa los domingos y que no formaba parte de ningún tipo de movimiento religioso. Su origen mitad gringo y mitad chileno le permitió vivir en Estados Unidos durante los tres primeros años de su vida y fue la principal causa de su llegada al Santiago College. Su madre, que era norteamericana, accedió venirse a vivir a Chile pero con la condición de que sus hijos entraran a un colegio de habla inglesa, y así fue.

Samuel Arancibia era un alumno muy querido. Un joven muy interesado por el deporte, al que durante su adolescencia empezó a aparecerle una gran inquietud espiritual. Se sentía muy atraído por las clases de religión que daba el colegio, ya que –según cuenta- la profesora que las impartía era muy alegre y transmitía esa felicidad enseñando sobre Dios. En cuarto medio, empezó a ir al Hogar de Cristo -los viernes- a dar comida a los mendigos; en muchas oportunidades trató de entusiasmar a sus compañeros, quienes más de alguna vez lo acompañaron. Varias situaciones lo fueron acercando a Dios, sin embargo, uno de los hechos más concretos -que recuerda- fue cuando el equipo del colegio le ganó a The Grange School el clásico campeonato Seven a Side de Rugby. “Era la primera vez que el SC sacaba el primer lugar, fue un hito increíble, una alegría inmensa. Pero como a las dos semanas esta alegría pasó. Entonces ahí yo me pregunté: tiene que haber una alegría que dure más de dos semanas, que no pase, que permanezca, y yo te diría que por ese lado me entró la fe”, enfatizó.

 

¿Cómo tomaste la decisión de ser sacerdote? ¿Cuáles fueron las razones que te impulsaron?

En primero medio, un compañero me empezó a catetear para que fuéramos a unos grupos en la parroquia Los Castaños. Me acuerdo que estábamos en clases y este amigo me mandaba papeles donde me ponía: 'Deporte. Estudio. Fiesta'. Y  al final decía: '¿y Dios?'. Yo me picaba porque pensaba: y este gallo que tanto se mete en mi vida si es una cuestión personal. Yo estaba bien metido en el tema del deporte en el colegio, siempre teníamos entrenamiento o partido y en verdad me daba lata, yo iba a misa los domingos y chao. Pero, este gallo era tan catete que al final fui a la famosa reunión y me encantó. Me abrió una nueva dimensión en mi vida, que fue el lado espiritual. Empecé a pensar que el mismo empeño que uno le pone al estudio y a los deportes hay que ponérselo al alma, al espíritu. Si uno gasta tiempo en ejercitar la mente y el cuerpo, ¿qué pasa con el espíritu? Entonces ahí empecé a ir a estos grupos.

Esa fue una época muy bonita en Los Castaños, había miles de jóvenes y se daba un ambiente muy choro. Yo siempre había pensado que la religión era de los pernos y ahí descubrí que no. Conocí a este grupo a los 16 años y me acuerdo que dos meses después entré a una misa que me marcó mucho. El padre dijo: 'si yo naciera mil veces, mil veces sería sacerdote'.  Cuando salí de esa misa me dije a mi mismo: voy a ser cura. Lo dije sin pensarlo mucho, tenía 16 años, pero le conté a mi amigo, que se supone que también iba a ser cura. Lo más divertido es que al final él tomó otro camino y ahora tiene una familia preciosa (ríe).

¿Qué pasó después de que te planteaste la idea de ser sacerdote?

Seguí haciendo una vida normal, y eso fue lo bueno del colegio. Seguía yendo a las fiestas, haciendo deporte. Yo tenía la costumbre de persignarme antes de cada partido y eso llamaba mucho la atención en un colegio que era laico, pero la mayoría te respetaba. Eso era lo bueno del colegio, te daba libertad. Si querías ser budista, eras budista; si querías ser ateo, eras ateo y nadie te decía nada.

¿Por qué decidiste estudiar Medicina?

Yo le había dicho a mis papás que quería estudiar Medicina y si no entraba a esa carrera ellos iban a pensar que me fui a cura porque no me dio el puntaje, entonces tenía que demostrarles que yo estaba eligiendo libremente irme al seminario. Así que empecé a estudiar harto porque el puntaje que se requería era altísimo, pero no me daba en los ensayos. Me acuerdo que le pedí a la Virgen María y le dije: por favor, súbeme por lo menos 30 puntos y te prometo que me voy de cura. Y fue así porque saqué unos puntajes que nunca había sacado en los ensayos y me dieron justo. Estuve un año en la Universidad de Chile que fue muy bueno, lo pasé muy bien, conocí gente muy chora.

¿Cómo tomó tu familia tu decisión de ser sacerdote?

Cuando les conté a mis papás que me iba a salir de Medicina para meterme a cura los dos lloraban sentados en un sillón. Mi mamá me cachó antes, eso sí. Un día me vio con un alto de libros encima de mi escritorio y me dijo: ‘ya, vamos a comprar muebles para tus libros’. Yo sabía que en cinco meses más iba a estar en el seminario, pero no les había contado, entonces le dije: no mamá si estoy súper bien así. Era divertido porque en verdad los libros no cabían. Entonces me preguntó: ‘pero por qué no necesitas si vas a tener muchos libros de Medicina, ¿o no?, ¿o estás pensando seguir otro camino?’, me dijo. Y ahí le tuve que decir. Mi mamá llamó en ese momento a mi papá para contarle. Me acuerdo que los dos lloraban, pero fue muy bonito porque me decían ‘te apoyamos’, pero llorando.  

Tenía compañeros que me decían que estaba loco, pero la mayoría valoraban lo que yo estaba haciendo. He tenido la oportunidad de casar a algunos y de bautizar a muchos de los hijos de mis compañeros, lo que ha sido súper bonito porque me ha tocado ser cura para ellos también.

¿Cómo te defines, cuáles son los principales rasgos de tu personalidad?

Soy sociable porque no me queda otra, como cura te tocan muchas cosas, la gente es muy cariñosa. Después de las primeras comuniones y bautizos, te dicen ‘padre, una foto’, ‘padre, véngase a comer un asadito’. Soy medio tímido, lo que también se me ha quitado siendo cura (ríe). Trato de ser alegre, creo que un cura triste o un católico triste no motivan a nadie.

¿Qué es lo que más te gusta de lo que haces?  

Una de las cosas que más me gustan es que un sacerdote puede vivir en un día, de alguna forma, lo que una persona normal viviría en toda su vida. Uno puede partir en la mañana con un bautizo, por ejemplo; después te toca una primera comunión; en la tarde te llaman para ir a ver un enfermo que se está muriendo; y en la noche te toca un matrimonio. Ser cura es un regalo muy grande, porque uno puede meterse en la vida de la gente de forma tan radical, ya sea para apoyar, para consolar, para animar, y no porque yo sea especial, sino porque soy cura y la gente está buscando a Dios a través mío. A uno le toca estar en el medio y eso es increíble.

Me acuerdo que una vez me tocó estar en un parto, porque la guagüita que iba a nacer iba a morir altiro. La familia era muy católica y me pidió que estuviera ahí para bautizarla. Me toca mucho ir a los hospitales y siempre me pregunto qué hubiese pasado si hubiese sido médico, este sería mi mundo y lo encuentro fascinante. Pero me acuerdo que esa vez Dios me reafirmó que me quería como cura. Yo dije ¡chuta! aquí podrían haber 50 médicos, gallos secos de Harvard y, sin embargo, yo soy el que la va a bautizar. La guagua se va a morir igual y ninguno de estos médicos va a poder consolar a la mamá o al papá. En esas situaciones uno se siente muy útil, uno los acompaña, les trata de transmitir tranquilidad y eso al final es muy fuerte.

¿Cómo ves a la Iglesia Católica en estos momentos en que está tan cuestionada?

Han sido tiempos muy duros, dificilísimos, pero también creo que es como cuando se remece un árbol y se cae todo lo que no está firme y queda lo que está firme. Creo que eso es lo que está pasando. A veces, los domingos yo veo que la iglesia no está igual de llena como en la época de los 70 u 80, cuando Chile era un país mucho más católico. Pero ahora el gallo que va a misa es porque realmente quiere ir. Antes, uno iba a misa porque el papá iba, porque el abuelo iba, hasta era bien visto ir a misa. Hoy día, eso da lo mismo. Estos tiempos de turbulencias sirven para volver a lo fundamental, creo.

¿Cuáles fueron las herramientas y valores que te entregó el Santiago College que más le han servido hasta hoy?

El tema de la pluralidad y diversidad presente. La exigencia académica, la metodología, la búsqueda de la verdad en las ciencias, en la historia, con seriedad, con profesores muy buenos.

Lo otro es el deporte, la competitividad al máximo que lo agradezco hasta el día de hoy, ya que creo que la competitividad en su sana medida es muy buena. El hecho de haber sido deportista en el colegio me ha ayudado a acercarme más a los jóvenes, también. A veces me invitan a jugar fútbol, lo cual estrecha lazos y crea una desmitificación de los curas. Hace que nos vean más como personas comunes y corrientes y no como alguien que está todo el día rezando, lo cual no es así.

¿Qué es lo que más rescatas del colegio?

Algo que me gustó mucho del colegio es que cada uno aprendía según sus creencias y según su fe, y eso era respetado. Uno de mis mejores amigos es un compañero de curso que es judío, y nos juntamos cada tres meses a almorzar, eso que te da el colegio es increíble.

¿Cómo definirías a los alumnos que egresan del Santiago College? ¿Cuál crees que es su sello, o las principales características que los hacen diferenciarse?

El recuerdo que tengo es de gente que está preparada para la vida, por lo menos así lo experimenté yo. El hecho de convivir con todo tipo de personas: extranjeros, católicos, judíos, creyentes, no creyentes te abre la mente y todos los días te enseña algo nuevo.